Imprimir 2º DOMINGO DE CUARESMA SE TRANSFIGURÓ DELANTE DE ELLOS (Mc 9, 2) ¡Cómo ser transparencia de Ti, oh Jesús, sino dejándome envolver en la contemplación de tu luz hasta irradiarte! Mi alma necesita decirle que está en íntima comunión con la suya para dejarse posesionar, arrebatar e invadir por Aquel cuyo Amor nos envuelve y quiere consumarnos en la Unidad (Jn. 17, 23) con El. He pensado en usted mientras leía estas palabras del P. Vallée sobre la contemplación: El contemplativo es un ser que vive bajo el resplandor de la faz de Cristo, que penetra en el misterio de Dios impulsado no por la luz que proyecta el pensamiento humano sino por la claridad que produce la palabra del Verbo encarnado. ¿No siente esa pasión por escucharle? Existe, a veces, una necesidad tan imperiosa de callar, que uno quisiera sólo permanecer como María Magdalena, ese maravilloso ejemplo de alma contemplativa, a los pies del divino Maestro, ávido de conocerlo todo, de penetrar cada vez más en ese misterio de Amor que El vino a revelarnos. ¿No cree que durante la acción, mientras se desempeña exteriormente el oficio de Marta, el alma puede permanecer siempre adorante, inmersa como María Magdalena en su contemplación, bebiendo ininterrumpidamente de esta fuente como un sediento? Así es como yo entiendo el apostolado de la Carmelita y del sacerdote. Cuando están en contacto continuo con esta divina fuente, pueden entonces irradiar a Dios, darle a las almas. Reconozco que se necesitará compenetrarse profundamente con el divino Maestro, permanecer en íntima unión con su alma, identificarse con todos sus sentimientos para luego vivir como El cumpliendo la voluntad de su Padre. Entonces, ¿qué importa cuanto suceda al alma, si ella tiene fe en Aquel que es su amor y mora dentro de sí? Durante esta Cuaresma quisiera esconderme con Cristo en Dios como dice San Pablo (Cl. 3, 3); perderme en esa Trinidad que será un día nuestra visión y sumergirme, iluminada por la luz divina, en la profundidad de su misterio. (Beata Isabel De La Trinidad. Ct. 137, Obras Completas, pp. 404-406) Reflexionad en el silencio de nuestro lecho. Hay muchos que dicen: ¿Quién nos hará ver la dicha, si la luz de tu rostro ha huido de nosotros? (Sl 4, 5.7).
LUNES DE LA 2ª SEMANA DE CUARESMA ¡PERDONAD! (Lc 6, 37) El perdón es don de tu amor, Señor, para que se me perdone. Y para que yo perdone, Tú me devuelves tu amor. Y perdónanos, Señor, nuestras deudas, así como nosotros las perdonamos a nuestros deudores. Miremos, hermanas, que no dice como perdonaremos, porque entendamos que quien pide un don tan grande como el pasado y quien ya ha puesto su voluntad en la de Dios, que ya esto ha de estar hecho, y así dice: como nosotros las perdonamos. Así que quien de veras hubiere dicho esta palabra al Señor, fiat voluntas tua, todo lo ha de tener hecho, con la determinación al menos. Veis aquí cómo los santos se holgaban con las injurias y persecuciones, porque tenían algo que presentar al Señor cuando le pedían. ¿Qué hará una tan pobre como yo, que tan poco ha tenido que perdonar y tanto hay que se me perdone? Cosa es ésta, hermanas, para que miremos mucho en ella: que una cosa tan grave y de tanta importancia como que nos perdone nuestro Señor nuestras culpas, que merecían fuego eterno, se nos perdone con tan baja cosa como es que perdonemos. Y aun de esta bajeza tengo tan pocas que ofrecer, que de balde me habéis, Señor, de perdonar. Aquí cabe bien vuestra misericordia. Bendito seáis Vos, que tan pobre me sufrís, que lo que vuestro Hijo dice en nombre de todos, por ser yo tal y tan sin caudal, me he de salir de la cuenta. ¡Oh, por amor de Dios, hermanas!, que llevamos perdido el camino, porque va errado desde el principio, y plega a Dios que no se pierda algún alma por guardar estos negros puntos de honra sin entender en qué está la honra. Y vendremos después a pensar que hemos hecho mucho si perdonamos una cosita de éstas, que ni era agravio ni injuria ni nada; y muy como quien ha hecho algo, vendremos a que nos perdone el Señor, pues hemos perdonado. Dadnos, mi Dios, a entender que no nos entendemos y que venimos vacías las manos, y perdonadnos Vos por vuestra misericordia. Mas ¡qué estimado debe ser este amarnos unos a otros del Señor! Pues pudiera el buen Jesús ponerle delante otras, y decir: perdonadnos, Señor, porque hacemos mucha penitencia, o porque rezamos mucho y ayunamos y lo hemos dejado todo por Vos y os amamos mucho; y no dijo porque perderíamos la vida por Vos, y como digo- otras cosas que pudiera decir, sino sólo porque perdonamos. (Santa Teresa De Jesús. Camino 36, 2-3.7) A ti acude todo mortal a causa de sus culpas; nuestros delitos nos abruman, pero tú los perdonas (Sl 64, 3.4).
MARTES DE LA 2ª SEMANA DE CUARESMA EL MÁS GRANDE SERÁ VUESTRO SERVIDOR (Mt 23, 10) Medir al otro por el exterior, es ponerse por encima de él como un maestro. Buscar su interior es ponerse debajo de él, como un servidor. No me juzgo a mí misma, el que me juzga es EL SEÑOR. Por eso, para que el juicio de Dios me sea favorable, o mejor, para no ser juzgada en absoluto, quiero tener siempre pensamientos caritativos, pues Jesús dijo: No juzguéis, y no seréis juzgados. Madre mía, al leer lo que acabo de escribir, tal vez creáis que la práctica de la caridad no me resulta difícil. Verdad es que desde hace unos meses no tengo ya que luchar por practicar esta hermosa virtud. No quiero decir con esto que no cometa algunas faltas. ¡Ah, soy demasiado imperfecta para tanto!. Pero no me cuesta mucho levantarme de la caída, porque después de la victoria que conseguí en un determinado combate, la milicia celestial viene en mi auxilio, no sufriendo verme vencida tras de haber salido victoriosa de la gloriosa guerra que ahora trataré de describiros. Hay en la comunidad una hermana que tiene el don de disgustarme en todo. Sus modales, sus palabras, su carácter, todo en ella me desagrada en gran manera. Sin embargo, se trata de una santa religiosa, que debe ser muy agradable a Dios. Por eso, no queriendo ceder a la antipatía natural que experimentaba, me dije a mí misma que la caridad no debía consistir en los sentimientos, sino en las obras. Entonces, me apliqué a portarme con dicha hermana como lo hubiera hecho con la persona a la que más quiero. Cada vez que me la encontraba, pedía por ella a Dios, ofreciéndole todas sus virtudes y todos sus méritos. Me daba perfecta cuenta de que esto agradaba a Jesús, pues no hay artista a quien no le guste recibir alabanzas por sus obras. Y a Jesús, el Artista de las almas, le complace que en lugar de detenernos en lo exterior, penetremos en el santuario íntimo que él se ha escogido por morada, y admiremos su belleza. No me contentaba con rogar mucho por la hermana que era para mí motivo de tantas luchas interiores, sino que procuraba también prestarle todos los servicios posibles; y cuando sentía la tentación de contestarle de manera desagradable, me limitaba a dirigirle la más encantadora de mis sonrisas, procurando cambiar de conversación, pues se dice en la Imitación: Es mejor dejar a cada uno con su idea que detenerse a contesta. ¡Ah! El que me atraía era Jesús, escondido en el fondo de su alma..., Jesús, que hace dulce lo que hay de más amargo... Le contesté que sonreía porque me alegraba verla (sin añadir, bien entendido, que era bajo un punto de vista espiritual). (Santa Teresa Del Niño Jesús. Obras Completas, pp. 259-260) Enséñame, Señor, tu camino, para que siga tu verdad; mantén mi corazón entero en el temor de tu nombre. Da fuerza a tu siervo (Sl 85, 11.16).
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MIÉRCOLES DE LA 2ª SEMANA DE CUARESMA MI CÁLIZ, SI LO BEBERÉIS (Mt 20, 23) Horas sombrías de la vida, como una noche sin estrellas. Copa hasta rebosar; pero mantengo la esperanza en ti, Jesús, mi Amado. En una noche oscura, con ansias, en amores inflamada, ¡oh dichosa ventura!, salí sin ser notada estando ya mi casa sosegada. A oscuras y segura, por la secreta escala disfrazada, ¡oh dichosa ventura!, a oscuras y en celada, estando ya mi casa sosegada. En la noche dichosa, en secreto, que nadie me veía, ni yo miraba cosa, sin otra luz y guía sino la que en el corazón ardía. Aquésta me guiaba más cierto que la luz del mediodía, adonde me esperaba quien yo bien me sabía, en parte donde nadie parecía. ¡Oh noche que guiaste! ¡oh noche amable más que el alborada! ¡Oh noche que juntaste Amado con Amada, amada en el Amado transformada! En mi pecho florido, que entero para él solo se guardaba, allí quedó dormido, y yo le regalaba, y el ventalle de cedros aire daba. El aire de la almena, cuando yo sus cabellos esparcía, con su mano serena en mi cuello hería y todos mis sentidos suspendía. Quedéme y olvidéme, el rostro recliné sobre el Amado, cesó todo y dejéme, dejando mi cuidado entre las azucenas olvidado. (San Juan De La Cruz. Poema 2. Obras Completas, pp. 54-55) Las lágrimas son mi pan, noche y día, mientras todo el día me repiten: ¿Dónde está tu Dios? Espera en Dios, que volverás a alabarlo: Salud de mi rostro, Dios mío (Sl 41, 4-6).
JUEVES DE LA 2ª SEMANA DE CUARESMA UN RICO... UN POBRE (Lc 16, 19-20) Querer todo para sí, volver todo hacia sí cierra todos los horizontes. Al corazón pobre y generoso, le pertenecen los espacios luminosos. Durante los días gozosos del tiempo pascual, Jesús me hizo comprender que hay verdaderamente almas sin fe, almas que por el abuso de las gracias pierden este precioso tesoro, fuente de las únicas alegrías puras y verdaderas. Permitió que mi alma se viese invadida por las más densas tinieblas, y que el pensamiento del cielo, tan dulce para mí, no fuese ya más que un motivo de combate y de tormento... Esta prueba no debía durar sólo algunos días, algunas semanas, sino que había de prolongarse hasta la hora marcada por Dios, y... esa hora no ha sonado todavía... Quisiera poder expresar lo que siento, pero, ¡ay de mí!, creo que es imposible. Es necesario haber caminado por este sombrío túnel para comprender su oscuridad. Sin embargo, voy a intentar explicarlo por medio de una comparación. Me imagino haber nacido en un país cubierto de densa bruma. Nunca me ha sido dado contemplar el aspecto risueño de la naturaleza inundada de luz, transfigurada por el sol brillante. Es verdad que desde mi infancia oigo hablar de estas maravillas. Sé que el país donde estoy no es mi patria, que hay otro al que debo aspirar constantemente. Esto no es una historia inventada por un habitante del triste país donde me encuentro, sino una realidad cierta, porque el Rey de la patria del sol brillante vino a vivir 33 años en el país de las tinieblas. ¡Ay!, las tinieblas no comprendieron, en absoluto, que este divino Rey era la luz del mundo... Pero, Señor, vuestra hija ha comprendido vuestra divina luz. Os pide perdón para sus hermanos. Se resigna a comer, por el tiempo que vos lo tengáis a bien, el pan del dolor, y no quiere levantarse de esta mesa llena de amargura, donde comen los pobres pecadores, hasta que llegue el día por vos señalado... Pero ¿acaso no puede ella también decir en su nombre, en nombre de sus hermanos: Tened piedad de nosotros, Señor, porque somos unos pobres pecadores?... ¡Oh, Señor, despedidnos justificados!... Que todos esos que no están iluminados por la antorcha de la fe la vean, por fin, brillar... ¡Oh, Jesús! Si es necesario que un alma que os ama purifique la mesa que ellos han manchado, acepto comer sola en ella el pan de la tribulación, hasta que os plazca introducirme en vuestro luminoso reino. ¡La sola gracia que os pido es la de no ofenderos nunca!... (Santa Teresa Del Niño Jesús. Manuscrito C. Obras Completas, pp. 246-247) No te preocupes si se enriquece un hombre y aumenta el fasto de su casa: cuando muera, no se llevará nada, su fasto no bajará con él (Sl 48, 17-18).
VIERNES DE LA 2ª SEMANA DE CUARESMA ENVIÓ A SU HIJO (Mt 21, 37) Tu Hijo, Señor; ha navegado por las aguas turbulentas del mundo y fue llevado al puerto de la Cruz. Por eso nos elevamos hasta Ti por el ascensor divino. El pensamiento de la felicidad celeste, no sólo no me causa gozo alguno, sino que hasta me pregunto, a veces, cómo me será posible ser feliz sin sufrir. Jesús, sin duda, cambiará mi naturaleza, de lo contrario, echaré en falta el sufrimiento y el valle de las lágrimas. Nunca pedí a Dios morir joven, me habría parecido cobardía; pero él se ha dignado darme, desde mi infancia, la persuasión íntima de que mi carrera aquí abajo sería corta. Así, pues, solo el pensamiento de que cumplo la voluntad del Señor es la causa de toda mi alegría. ¡Oh, hermano mío, cómo quisiera poder verte en vuestro corazón el bálsamo de la consolación! No puedo hacer más que apropiarme las palabras de Jesús en la última cena. No podrá ofenderse por eso, puesto que soy su pequeña esposa y, por consiguiente, sus bienes son míos. Os digo, pues, como él decía a sus íntimos: Me voy al Padre..., pero porque os he hablado así, vuestro corazón se ha llenado de tristeza. Sin embargo, os digo la verdad, os conviene que me vaya. Estáis ahora sumidos en la tristeza, pero volveré a veros, y vuestro corazón se llenará de alegría, y nadie podrá arrebataros vuestro gozo. Sí, estoy segura de ello: después de mi entrada en la vida, la tristeza de mi querido hermanito se cambiará en una alegría serena que ninguna criatura podrá arrebatarle. Lo presiento, debemos ir al cielo por el mismo camino: el sufrimiento unido al amor. Cuando haya llegado al puerto, os enseñaré, querido hermanito de mi alma, cómo debéis navegar por el mar aborrascado del mundo: con el abandono y el amor de un niño que sabe que su padre le ama y no podría dejarle solo en la hora del peligro. ¡Ah, cómo quisiera haceros comprender la ternura del Corazón de Jesús, lo que él espera de vos! Vuestra carta del 14 estremeció dulcemente mi corazón. Comprendí, más que nunca, hasta qué punto vuestra alma es hermana de la mía, puesto que está llamada a elevarse hasta Dios por el ascensor del amor, y no, en manera alguna, subiendo por la ruda escalera del temor. No me extraña que la práctica de la familiaridad con Jesús os parezca un poco difícil de realizar; no se puede llegar a ella en un día, pero estoy segura de que os ayudaré mucho más a caminar por este camino delicioso cuando me vea libre de mi envoltura mortal, y pronto diréis, como san Agustín: El amor es el peso que me arrastra. (Santa Teresa Del Niño Jesús. Ct. 229. Obras Completas, pp. 651-652) Mi fortaleza y mi canción es el Señor: El es mi salvación. El es mi Dios, yo lo glorifico, el Dios de mis padres, yo lo exalto (Ex 15, 2).
SÁBADO DE LA 2ª SEMANA DE CUARESMA SU PADRE LO LLENÓ DE BESOS (Lc 15, 37) Padre de misericordia, me arrojo en tus brazos con todas mis indelicadezas y debilidades. Tu amor me eleva. Tu beso de Padre me devuelve el gozo y la confianza. Debéis vivir por adelantado en los cielos, pues se dijo: Donde está vuestro tesoro, allí está también vuestro corazón. ¿No es Jesús vuestro único tesoro? Puesto que él está en el cielo, allí es donde debe habitar vuestro corazón. Y os lo digo con toda sencillez, mi querido hermanito, me parece que os será más fácil vivir con Jesús cuando yo esté cerca de él para siempre. Tenéis que conocerme muy mal para temer que un relato detallado de vuestras faltas pueda disminuir la ternura que siento por vuestra alma. ¡Oh, hermano mío, creedlo, no tendré necesidad de tapar con la mano la boca de Jesús! El ha olvidado vuestras infidelidades desde hace mucho tiempo, sólo vuestros deseos de perfección le están presentes para regocijar su corazón. Os lo suplico, no os arrastréis más a sus pies, seguid ese primer impulso que os lleva a sus brazos. Ese es vuestro puesto, y he comprobado, en ésta más aún que en otras cartas vuestras, que os está prohibido ir al cielo por otro camino que no sea el de vuestra pobre hermanita. Soy enteramente de vuestro parecer, el Corazón divino está más triste por las mil indelicadezas de sus amigos, que por las faltas, aun graves, que cometen las personas del mundo. Pero, hermanito mío querido, me parece que eso es sólo cuando los suyos, no dándose cuenta de sus continuas indelicadezas, hacen de ellas una costumbre y no le piden perdón; entonces es cuando Jesús puede decir esas palabras conmovedoras que la Iglesia pone en su boca durante la Semana Santa: Estas heridas que veis en medio de mis manos son las que recibí en la casa de los que me amaban. En cuanto a los que le aman y van después de cada indelicadeza a pedirle perdón arrojándose en sus brazos, Jesús se estremece de alegría. Dice a sus ángeles lo que el padre del hijo pródigo decía a sus servidores: Vestidle su mejor vestido, ponedle un anillo en el dedo, alegrémonos. ¡Ah, hermano mío, qué poco conocidos son la bondad, el amor misericordioso de Jesús!... Es verdad que para gozar de estos tesoros, es necesario humillarse, reconocer la propia nada, y es lo que muchas almas no quieren hacer; pero, hermanito mío, no es así como vos obráis. Por eso, el camino de la confianza sencilla y amorosa está muy bien hecho para vos. (Santa Teresa Del Niño Jesús. Ct. 231. Obras Completas, pp. 656-567) Cantaré eternamente las misericordias del Señor, anunciaré tu fidelidad por todas las edades. Porque dije: Tu misericordia es un edificio eterno, más que el cielo has afianzado tu fidelidad (Sl 88, 2-3). |
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