MIÉRCOLES DE CENIZA TU PADRE ESTÁ EN LO SECRETO (Mt 6,6) Estás en lo más íntimo de mí mismo, Señor. Descúbreme tu presencia escondida. Pide, querida hermanita, pide para que seamos santas, para amarle con aquel amor con que los santos sabían amar. Permanezcamos siempre unidas al pie de la cruz. Permanezcamos silenciosas ante el divino Crucificado y escuchémosle. Él nos comunicará todos sus secretos. Es Él quien nos conducirá al Padre, a Aquel que de tal manera amó al mundo, que entregó a su Hijo único (Jn 3, 16). Pido por ti y te guardo en mi alma junto al Señor, en ese pequeño e íntimo santuario donde le encuentro a cada hora del día y de la noche. Nunca estoy sola. Mi Cristo está allí siempre orando en mí y yo orando con Él. Me haces sufrir, Francisca mía. Comprendo perfectamente que eres desgraciada pero te aseguro que es por tu culpa. Tranquilízate. No te creo loca pero sí nerviosa e hipersensible. Cuando pasas por esas crisis, haces sufrir a tus familiares. ¡Oh, si pudiera enseñarte el secreto de la felicidad como me lo ha enseñado el Señor!... Dices que yo no tengo preocupaciones ni sufrimientos. Soy ciertamente muy feliz. Pero si vieras cómo también se puede ser feliz en las contradicciones Necesitamos mirar siempre al Señor. Hay que esforzarse al principio, cuando todo se subleva en nuestro interior, pero lentamente, a base de paciencia y con la ayuda del Señor, se logra triunfar. Tienes que construirte, como he hecho yo, una celdita dentro de tu alma. Piensa que el Señor está allí. Entra frecuentemente en ella. Cuando estés nerviosa, cuando te consideres una desgraciada, recógete rápidamente en ella y confíaselo todo al divino Maestro. ¡Ah, si le conocieses un poco! La oración no te aburriría. Es un descanso, un reposo. Es acercarse con toda sencillez a Aquel a quien se ama. Es permanecer junto a El como un niño en los brazos de su madre, dejando que el corazón se expansione. Así tenemos que acercarnos a El. Si supieras lo comprensivo que es Si conocieras esto no sufrirías más. (Beata Isabel De La Trinidad. Cartas 51 y 189. Obras Completas, pp. 278 y 491) Acoge las palabras de mi boca, el deseo de mi corazón; que permanezcan delante de ti, Señor, mi roca, mi defensor (Sl 118, 13)
JUEVES DESPUÉS DE CENIZA QUIEN QUIERA VENIR DETRÁS DE MÍ (Lc 9,23) Escondido a mis ojos de carne, te descubro en el amor; pero es de noche. Sin arrimo y con arrimo, sin luz y a oscuras viviendo, todo me voy consumiendo. Mi alma está desasida de toda cosa criada, y sobre sí levantada, y en una sabrosa vida sólo en su Dios arrimada. por eso ya se dirá la cosa que más estimo, que mi alma se ve ya sin arrimo y con arrimo. Y, aunque tinieblas padezco en esta vida mortal, no es tan crecido mi mal, porque, si de luz carezco, tengo vida celestial; porque el amor da tal vida, cuando más ciego va siendo, que tiene el alma rendida, sin luz y a oscuras viviendo. Hace tal obra el amor después que le conocí, que, si hay bien o mal en mí, todo lo hace de un saber, y al alma transforma en sí; y así, en su llama sabrosa, la cual en mí estoy sintiendo, apriesa, sin quedar cosa, todo me voy consumiendo. (San Juan De La Cruz. Poema 11. Obras Completas, p. 78) Alzo mi voz a Dios gritando. De noche extiendo las manos sin descanso. De noche lo pienso en mis adentros, y, meditándolo me pregunto: ¿Es que el Señor nos rechaza para siempre? (Sl 76, 2-3.7-8)
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VIERNES DESPUÉS DE CENIZA LA BODA... EL ESPOSO (Mt 9, 15) Soy todo tuyo, como Tú eres todo mío en el secreto de mi corazón. Una Carmelita, querida mía, es un alma que ha contemplado al divino Crucificado, que le ha visto ofrecerse como víctima a su Padre por las almas y reflexionando a la luz de esa gran visión de la caridad de Cristo, ha comprendido la pasión de amor de su alma y se ha entregado como El. En la montaña del Carmelo, sumergida en el silencio, en la soledad y en una oración ininterrumpida, pues se prolonga a través de todos sus actos, la Carmelita vive ya como en el cielo, solamente de Dios. Ese mismo Dios que será un día su felicidad y la saciará plenamente en la gloria, se le entrega ya en este mundo. Nunca la abandona y habita dentro de su alma. Aún más; los dos son Uno. Por eso, la Carmelita está hambrienta de silencio para escuchar siempre y penetrar cada vez más en su Ser infinito. Está identificada con Aquel que es su amor. Le encuentra en todas partes y descubre su irradiación divina en todas las cosas. ¿No es esto el cielo en la tierra? Pues ese cielo, Hermanita mía, lo llevas en tu alma. Tú puedes ser ya una Carmelita porque Jesús reconoce a la Carmelita en su interior, es decir, en su alma. No le dejes nunca. Realiza todas las cosas bajo su mirada divina. Permanece alegre en su paz y en su amor, siendo la felicidad de los tuyos. El, ya se te dice que tú misma eres el aposento donde El mora y el retrete y escondrijo donde está escondido; que es cosa de grande contentamiento y alegría para ti ver que todo tu bien y esperanza está tan cerca de ti, que está en ti, o por mejor decir, tú no puedes estar sin él. Esta es la vida del Carmelo: vivir en El. Entonces todas las inmolaciones, todos los sacrificios quedan divinizados. El alma descubre, a través de todas las cosas, a Aquel a quien ama y todo la lleva a El. Se trata de un diálogo cordial ininterrumpido con El. De este modo tú puedes ser ya Carmelita en espíritu. Ama el silencio y la oración porque constituyen la esencia de nuestra vida carmelitana. Pide a la Reina del Carmelo, nuestra Madre, que te enseñe a adorar a Jesús en profundo recogimiento. Ella ama tanto a sus hijas del Carmelo... Es su Orden predilecta y Ella es nuestra Patrona. Invoca también a nuestra seráfica Madre Santa Teresa. Amó tanto que murió de amor. Pídele ese amor apasionado que sintió por Dios y por las almas, pues la Carmelita tiene que ser un apóstol. Todas sus oraciones y todos sus sacrificios están orientados a este fin. ¿Conoces a San Juan de la Cruz? Es nuestro Padre. Que profundamente penetró en el conocimiento de Dios. Antes que de él, debía haberte hablado de San Elías, nuestro primer Padre. Observarás que nuestra Orden es muy antigua pues se remonta hasta los Profetas. ¡Ah! Cuánto me agradaría poder cantar todas sus glorias. (Beata Isabel De La Trinidad. Cartas 116 y 118. Obras Completas, pp. 372 y 376) El Señor reina, ¡démosle gloria! Porque han llegado las bodas del Cordero; y su esposa se ha adornado (Ap 19, 6-7)
SÁBADO DESPUÉS DE CENIZA LOS PECADORES... QUE SE CONVIERTAN (Lc 5, 32) Ante el abismo de mi pobreza, Tú me haces descubrir, Señor; la grandeza de tu amor que me libera. ¿Cómo no realizar actos de adoración cuando nos sumergimos en el abismo de la misericordia y cuando nuestra alma contempla el hecho de que Dios ha borrado nuestros pecados?. El lo ha dicho: Soy yo quien borro tus pecados y no me acuerdo más de tus rebeldías (Is. 43, 25). El Señor, impulsado por su misericordia, ha querido que nuestros pecados actúen contra ellos mismos y ha descubierto el medio de que nos sean útiles, poniéndolos en nuestras manos como instrumentos de salvación. Pero esto no debe disminuir para nada nuestro temor de pecar, ni nuestro dolor de haber pecado. De todos modos, nuestros pecados se han convertido para nosotros en fuente de humildad... Cuando el alma considera en el fondo de su ser, con ojos abrasados de amor, la inmensidad divina, su fidelidad, sus pruebas de amor, sus beneficios que nada pueden añadir a su felicidad, y luego, contemplándose a sí misma, ve las ofensas que ha cometido contra la inmensidad de Dios, retorna al fondo de su propio ser despreciándose tan profundamente que no sabe cómo detestar su culpa. Lo mejor que puede hacer es lamentarse ante el Señor, su amigo, de su incapacidad de desprecio para humillarse tanto como ella quisiera. Si alguien me dijera que haber tocado el fondo es sumergirse en la humildad, yo nunca se lo desmentiría. Me parece, sin embargo, que estar inmerso en la humildad es sumergirse en Dios, pues Dios es el fondo del abismo... por eso la humildad como la caridad es siempre susceptible de perfección. Puesto que ese fondo de humildad es el vaso que se necesita, el vaso capaz de recibir la gracia divina y donde Dios quiere verterla, seamos humildes. El humilde ni elevará a Dios demasiado alto, ni él mismo descenderá demasiado bajo. Pero surge entonces este hecho maravilloso: su impotencia se transformará en sabiduría y la imperfección de su acto que considera siempre insuficiente, se convertirá en el mayor placer de su vida. Quien posee un fondo de humildad no necesita demasiadas palabras para instruirse. Dios le revela muchas más cosas que otros pudieran enseñarle. Los discípulos de Dios se encuentran en esta situación. (Beata Isabel De La Trinidad. Obras Completas, pp. 153-154) Respóndeme, Señor, con la bondad de tu gracia, por tu gran compasión vuélvete hacia mí; no escondas tu rostro a tu siervo: estoy en peligro, respóndeme enseguida (Sl 68, 17-18)
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